Utopía liberada
Frutilla

Acariciaste mi rodilla, uso muchas polleras. Me miraste y te reíste, recién ahí notabas la enorme cantidad de cicatrices que tengo. 

Acá me clavé un pedazo de vidrio de un vaso que había estrellado contra el piso. Lo quise levantar antes de que mamá se diera cuenta y me lastimé. Tenía tres. Esta es de la vez que me trepé al árbol de damascos de mi abuela y me caí. Corrieron a mí, creo que pensaron que me había lastimado de verdad.

Esa es nueva, me tropecé bajando del colectivo hace dos o tres semanas y quedó así. Soy torpe, sabés. Me caí de un caballo y mágicamente sólo me quedó esa otra cicatriz.

De aquellas dos no me acuerdo, pero algo habré hecho para producirlas. 

Quizás tener un hijo sea el acto más revolucionario que hay. Es decir: este pensamiento mío no va a morir conmigo. 

Quizás tener un hijo sea el acto más revolucionario que hay. Es decir: este pensamiento mío no va a morir conmigo. 

3-0

Hoy ganó River. Supe que eras de River antes de conocerte. Te pregunté una vez y dijiste “me gusta sí, prefiero jugarlo a mirarlo” ¿Cómo jugás? “Con mucho huevo”. Me dio mucha ternura. Debés ser muy malo. 

Sin ser mi nada te peleaste con papá por fútbol. En un cumpleaños sorpresa que no nos salió y vos estabas. Cuando lloré me abrazaste fuerte y compartimos pistachos, que no te gustan nada. 

Tres a cero. Vangioni y Gutiérrez. Y un pobre arquero que, te aseguro, ya no quería saber más. Te invité a vernos, dijiste que no. Te dije que soy un buen partido, dijiste que no. Te pregunté “¿Qué más podés pedir?”. Yo también me quiero ir.  

En un baño de un shopping cuando tenía cuatro años. Mi mamá me encerró. Había gritos por todas partes y un estruendo hizo que saliera mucha agua. Mamá se sacó la remera, la mojó y la puso sobre mi nariz y mi boca, como si fuera un pañuelo. “Y no te lo quitás” gritó. 

Se escuchaban mujeres y niños corriendo. Más allá, a lo lejos, hombres “¿Y papá?” preguntó mi yo con cuatro años y pelo rubio muy rubio y largo. “No sé” se me respondió.

¿Cómo había empezado todo? Natalia, se llamaba una chica de 17 que había desaparecido. Tres policías la habían secuestrado, drogado, abusado y asesinado. El resto de la fuerza defendía a sus compañeros atacando al resto (¿de nosotros?).

Ese día, en ese baño en el que se me mojaban mis zapatillas celestes, cuando mi mamá se quedó en corpiño para que gases lacrimógenos no me hicieran daño y me dejó sola durante algunos segundos para encontrar la manera de salir. Ese día entendí: Hay dos veredas en la vida. Y hay que estar consciente de cual elegir.

Mis muertos

Mi mamá lloró dos años cuando se divorció de mi papá. Una amiga pasó un verano entero, casi sin comer, porque el que era el amor de su vida se estaba yendo lejos. A veces se acuerda y se le hace un nudo en la garganta.

Mi tió volvió a la casa de mi abuela con una mochila con tres remeras y dos pantalones. Nunca volvió a buscar el resto de sus pertenencias. Prefirió perder los libros a volver a ver sus ojos. La mamá de mi papá, cuando estaba muriendo, preguntó: ¿Se dio cuenta él que ya no estoy?

Yo dije alguna vez: Te amo, pero me hacés terriblemente mal. 

¿Ves ahora? ¿Te das cuenta que el corazón es algo muy preciado para jugar?

Patiné de tu mano y me caí. Te escuché preocuparte más que mis papás cuando era un infante y tropezaba. Te escuché reírte de mí. Sabía que me mirabas a través de la pista, que me cuidabas. Nunca me sentí tan cuidada. 

Te protegí todo lo que pude. Uno se hace amigos así: que duren y que sean familia. Que nos den la mano y nos abracen fuerte. Te abracé más fuerte de lo que nunca abracé a nadie y el enojo de no poder evitarte esas lágrimas.

Quizás lo que quiero decir con esto es que desde que te conozco soy un poco más feliz. Y que esa magia es amistad. O mucho más: Amistad con vos.

Campanita

Siempre atrajiste a la gente que necesita una risa. Siempre fuiste un poco un cascabel. Tenés la inocencia intacta y una perversión trastornada. Como una criatura con deseos adultos, algo así. Te reís tanto y tan de todo, es tan fácil pasar un rato con vos. Una birra, o un café y ya está. 

Eso de saltar sobre hojas en otoño, ese soplar dientes de león y pedir uno, dos, tres deseos. Te lo han dicho, tu mejor característica es esa alegría constante.

Uno una vez te dijo “me enamoraste riéndote” y otro te abrazó con cariño y te dijo al oído “ella no sabe de qué pero se ríe”. No sabe de qué. Eso es, no sabés. Casi como acto reflejo. Si saca una sonrisa no duele, si no duele todo sigue bien. Y tu deseo siempre es el mismo “que siga todo bien”.

Desde que lo vivimos estoy intentando expresar el sentimiento exacto. Felicidad mareada. No tener conciencia ni del tiempo ni del espacio. Una oscuridad muy luminosa. Girar, como cuando era chiquita en la calesita. Reirme, nada más me acuerdo de las risas. Brazos que sentía que no me iban a dejar caer. Promesa de felicidad. Colores vibrantes. Tu boca en mi oído diciendo algo que me llenara de alegría absurda. Querer que no se termine jamás. Eso es, querer que no termine jamás. 

Dijiste: yerba no hay

Que te quería ver. Y me dijiste que no podías, que hoy no. Y sabes compensar todo con tanta facilidad que al otro día llegue a tu casa. Me abriste la puerta y dijiste yerba no hay, después de un beso certero. Deberíamos haber ido a comprar, el súper está cerca de tu casa. Cerraste cuando pasé y el resto no lo puedo contar.

Juguete Rabioso - La chicana

Mi revolución era apariencia,

me perdiste la paciencia

cuando estaba por flaquear.