Utopía liberada
Confesionario

En realidad yo hoy quería verte. Porque en realidad tengo algo que decirte y no me animo. En realidad, yo si quiero más. Yo si soy capaz de más ternura, de más afecto. Yo sonrío de verdad con el mensaje a la mañana de “buen día :)”. De verdad. Le sonrío a un aparato, la puta madre, date cuenta.

Date cuenta que yo en realidad busco tu abrazo. Yo en realidad jamás le diría que no al beso que preparás y buscás lentamente. Yo quiero cantar canciones sobre el poliamor y la libertad con vos, pero no las creo nada. ¿Sabés por qué? Porque yo llamo amor a caminar por calle Corrientes ebrios, abrazados, buscando algún lugar donde comprar otra cerveza y parar cada dos pasos a darse un beso. Aunque llueva. Aunque yo lleve tacos y vos me hayas prestado tu campera.

Y lo hicimos sin darnos cuenta.

Dejo de creer en el amor, pobre criatura.

Etapas

Antes de creer en el amor por primera vez, creía que era algo infinito e interminable. Creía en él de la misma forma en que los científicos consideran la energía: en constante transformación y sin muerte posible. No se pierde, no se destruye. Sólo cambia de estado. Pensaba que si bien dejaría de amar como pareja, siempre quedaría en mí amor amistoso hacia el otro. Fraternal.

Después quise, ¿amé? No sé. Probablemente no. Yo hubiera dicho que sí. Y en ese querer me demostraron que estaba equivocada. Que el amor sí se destruye. Que no sabemos bien cómo ni cuándo pero se termina, es limitado. No se sigue queriendo así como si nada. El otro quiere todo de vos, o nada. Quiere fidelidad, ‘te amo’ aunque sea vacío, aunque ahora no ames y lo que quieras sea otra cosa. 

Más tarde, después de haber querido y dejado de querer, pensé que quizás el amor lo fuera todo y no lo fuera nada. Que existiera sólo mientras no se imponga, no se exija, no se fuerce. Pensé que el amor merece más que aniversarios y cajas de bombones. Más que un piropo ridículo, o una presentación familiar, o ir al cine y a comer usando 2x1 recortados de la revista del cable.

Y ahora, con vos, estoy intentando probarlo. Creo en otra construcción de lo que es querer, porque quiero que sea ilimitado.

Hechizos y juegos desquiciados

Lo suficientemente cerca como para no poder vernos bien. Y me alejás con suavidad. Me mirás fijo y te sonreís, entonces a mí se me va toda la seguridad ganada, toda la madures y vuelvo a tener quince años. Se me nota en la voz cuando digo “¿Qué?” y es que un poco me avasallás, respondiste “te juro que nada”. No me deja tranquila, pero ya a esta altura poco importa porque volvimos a estar cerca.

Me volvés a correr un poquito. Y volvés a sonreír cuando me decís bruja (si de verdad fuera bruja, sabés). Es un elogio, de esos que son los únicos que das. Lo recibo sin estar segura de nada. Como siempre. 

¿Lo peor? Nunca vas a completar el halago, así como no vamos admitir que esto es un juego desquiciado. Y que en algún momento, de alguna forma, tendrá que terminar.

Aunque ya de lo mismo

Cosas que aprendí sobre vos: Un montón. Tu alfajor preferido. La cerveza también. Qué caramelos te gustan, que no te gusta tanto tu cuerpo. Que una caricia te cuesta horrores.

En realidad, entre nos, te encantaría el beso bajo la lluvia y el mimo de madrugada. Te los quise dar. Que tu gusto musical es tan amplio y ambiguo como el mío; que tenés una espina en el alma que va a ser imposible sacar pero quizás la puedas aceptar. Como te gusta que te hagan el café.

Que toda esa fortaleza que construiste desea ser derrumbada. Y que yo estaba dispuesta a tomar el pico y la pala. 

Si no hay amor que no haya nada entonces, alma mía no vas a regatear
Lo bueno y lo libre

Abrí este archivo un millón de veces. Puede ser que te quiera decir algo pero no sé qué. Por ahí tenga que aprender a cerrar la boca de vez en cuando, te gusta pelearme y hacerme enojar. 

Me dijiste algo al oído, con una botella cortada con ron y Sprite en la mano. Yo también estaba borracha, no me acuerdo las palabras. Sí sonreí, fuerte. Te devolví el beso. Y recuerdo la sonrisa porque todavía la tengo.

Me gusta hacerte caricias siempre que agarres mi mano para acariciarme mientras tanto. Igual, te juro, más que esto no te puedo prometer. Qué lindo darte un beso cuando nadie nos mira.

No sé perder. 

Te reíste, me dijiste “vas a tener que aprender”. Trajiste un maso de cartas y acá estamos. No te pienso forzar a nada, pero por las dudas quejate cuando lo esté haciendo.

Anoche mi papá me preguntó “qué onda” con vos. Y me sonrojé.

Y como vos no hay ninguna

TEG

El TEG es un juego de táctica y estrategia, dicen. Uno tiene un ejército y un objetivo: conquistar. El que más conquista gana.

Siempre elegí el ejército negro, de alguna forma me parecía que se imponían más sobre el tablero. Sólo jugaba con papá, a los nueve años y - claro - él me ganaba cada vez.

Te juro, no mejoré. Soy este disparate que ves, la táctica y la estrategia no son lo mío. De comandante me muero de hambre. No aprendí ni un poco de mis mayores, y eso que intentaron enseñarme. Pero qué se yo, soy torpe, soy sincera, no escondo nada porque todo lo que soy lo soy de verdad, no me enorgullece nada y nada lo merezco.

Entonces cuando vos elegís la canción con la que alguna vez nos besamos. O movés la cabeza así y sonreís de costado. O cuando me reconquistas cada vez que me ves (¿Algún día me darás un beso sin tanta introducción?). O cuando me acusás de malhumarada, o inlcuso cuando te vas. En todos esos momentos yo soy el ejército rindiendose, cambiando negro por blanco y pidiendote una tregua. Te estoy diciendo: no me sé bien las reglas.

Hay algo más lindo que salir tarde de la facultad y que me espere una amiga con un café con canela y miel. Hay algo más lindo que pasar los lunes a la tarde con ese grupo de amigos que me hice rápido y ahora no puedo dejar. Mejor que mirar una de Fincher o Tarantino con mi papá, que sacar a pasear a mi perro a la noche en verano, que salir con mis amigas y volver sola caminando al amanecer.

Me gusta más que entrar a un café cualquiera cuando llueve, o que la noche de los museos, que un recital sola llorando, que el olor a libro nuevo. Más que bailar cumbia con mis amigas y salir en pijama a comprar otra botella de vino. Más que las clases lindas a las siete de la mañana, o tener una cámara en la mano.

Mejor que un vinilo de mi banda preferida, que una remera hecha exclusivamente para mí y pintar con óleos y colores vivos. Mejor que un cuadro flamenco y charlas sobre muertos. Que la terraza en verano, la pizza casera y el día que llega temprano.